• Cuando Dios sana a través de un perro: la historia de Tabata

    Hay experiencias que no encajan en una explicación lógica.
    No porque no sean reales, sino porque pertenecen a un plano más profundo.

    Yo veo a mi perro —y en este caso a Tabata— como un instrumento en las manos de Dios.

    Tabata llegó a nuestra vida sin ser buscada. Llegó en el momento exacto, como llegan los perros que son enviados y no escogidos al azar. Fue fuerte, sana, feliz… y durante diez años nos regaló una fidelidad absoluta.

    Su partida fue repentina. Un cáncer silencioso que nunca dio señales. En cuestión de horas, todo cambió.

    Lo que pocos saben es que, meses antes, yo había sido diagnosticada con células precancerígenas. Mi cuerpo estaba debilitado. Mi sistema inmune afectado. Vivía entre transiciones, duelo y cansancio profundo.

    Después de la muerte de Tabata, llegó el tiempo de la cirugía. Y luego, el resultado inesperado: estaba completamente sana.

    No hay una explicación científica para esto.
    Pero sí hay una espiritual.

    Los milagros —dice la Biblia— son interrupciones sobrenaturales de las leyes naturales para revelar la gloria de Dios.

    Yo no creo que Tabata fuera “la sanadora”.
    Creo que fue el instrumento.

    Así como Jesús cargó con lo que no le pertenecía por amor, Tabata, en su diseño creado por Dios, cumplió una misión: amar, servir… y entregarse.

    Los perros no llegan solo a acompañarnos.
    Llegan a sanar, a sostener, a reflejar el amor de Dios de una forma tangible.

    Y cuando su propósito se cumple, regresan al lugar del que vinieron.

    Tabata no “solo se fue”.
    Cumplió.