Mellow: El perro que llegó cuando moría… y me dio vida

Hay historias que no solo se cuentan: se sienten. Historias que no empiezan en un libro, ni en un episodio, sino en un pedacito roto del corazón.
Esta es una de esas historias.
Quienes amamos a los perros sabemos que ellos no llegan a nuestra vida por casualidad. Llegan en momentos precisos… casi como si alguien los enviara. Y en mi caso, ese enviado se llamó Mellow.
Mellow llegó a mí cuando yo tenía 17 años, en plena adolescencia, con una familia quebrada, con heridas abiertas y un corazón endurecido por el dolor. Yo no lo sabía entonces, pero ese perrito era un rescate divino. Era un puente entre lo que yo vivía y lo que Dios quería sanar en mí.
No era solo “el perro de la casa”:
era mi familia cuando la mía se había dividido.
mi consuelo cuando nada tenía sentido.
mi compañía cuando no podía confiar en nadie.
mi lugar seguro cuando todo me dolía.
A través de él descubrí un amor que nunca había experimentado: incondicional, constante, fiel… un amor que reflejaba un carácter que yo aún no conocía: el carácter de Dios.
Con Mellow aprendí a amar otra vez.
Con él bajé la guardia.
Con él mi corazón —duro, cerrado y distante— empezó a volverse de carne.
Y Dios, que conoce los huecos exactos por donde puede entrar cuando ya no dejamos entrar a nadie, encontró ese huequito en mí a través de Mellow.
Años después, cuando Mellow envejeció y su salud comenzó a apagarse, mi oración era siempre la misma:
“No te vayas hasta que mi familia esté completa.”
Lo decía porque él llegó cuando mi familia estaba rota, cuando yo estaba rota. Y en mi mente y en mi corazón, su presencia era la pieza que sostenía todo lo demás.
Un día, mientras él ya estaba muy enfermo, recibimos a un bebé en acogida. Apenas llegó ese pequeñito, Dios me habló a través de algo tan simple como una planta: una hoja marchita cayendo, y una hoja nueva naciendo.
Una representación perfecta: Mellow… y ese bebé.
Lo que vino después fue un milagro silencioso.
Ese bebé se quedó.
Hoy es nuestro hijo.
Mi familia está completa.
Y el día que Mellow partió, aún sin saber nada de procesos legales ni tiempos, yo entendí: él esperó. Él cumplió.
Dios, en su fidelidad, había escuchado una oración que yo solo lloré en secreto.
El día en que Mellow falleció, sosteniéndolo en mis brazos, la notificación de mi celular mostró un versículo automático:
“Buen siervo fiel.”
Y lo fue.
Fue un siervo fiel enviado por Dios.
Fue compañía, fue consuelo, fue llave, fue voz, fue maestro…
Fue propósito.
Hoy miro atrás y puedo decir sin dudar:
Nuestros perros son enviados.
Tienen una misión.
Y esa misión eres tú.
Si tú has tenido o tienes un perro que llegó a tu vida en un momento crucial, este episodio es para ti. Si tu corazón se quebró, si una despedida te marcó, si un amor incondicional te sanó, Dios quiere hablarte a través de esa historia.
Te invito a escuchar este episodio completo.
Y a descubrir lo que tus propios perros te han querido enseñar desde el principio.
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Dios envía a los perros con un propósito (y no es casualidad)

Hay amores que no se explican con palabras.
Solo se sienten… y se viven.
Para quienes amamos profundamente a los perros, ese vínculo va mucho más allá de la compañía. Hay algo sagrado, silencioso y profundamente transformador en la relación que se crea entre un humano y su perro.
Después de caminar más de 17 años junto a ellos —desde la llegada de cachorros, la adultez, las enfermedades y las despedidas— entendí algo que cambió mi manera de ver la vida:
los perros son un canal entre el mundo espiritual y el mundo natural.
Nada en la creación fue hecho al azar.
Ni el cielo.
Ni el agua.
Ni tú.
Ni tu perro.
Dios es un Dios de detalles, y como parte de Su creación, los perros llegan a nuestras vidas con un propósito específico. Son instrumentos en Sus manos para mostrarnos, de forma tangible, verdades profundas que muchas veces no podríamos comprender de otra manera.
Ellos nos acompañan en silencio cuando nadie más está.
Nos aman sin juicio.
Nos sostienen en la oscuridad.
Y celebran con nosotros la alegría.
Algunos llegan por poco tiempo.
Otros se quedan más.
Pero ninguno llega sin misión.
Cuando cumplen aquello para lo que fueron enviados, regresan al lugar del que vinieron. No porque nos abandonen, sino porque obedecen al llamado de su Creador.
DOGOD nace para ayudarte a afinar el oído, a mirar con otros ojos y a descubrir qué quiere decir Dios a través de tu perro.
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