Cuando un perro se va, algo dentro de nosotros también se rompe.
El dolor no es pequeño.
No es exagerado.
No es “solo un perro”.
Es una pérdida real.
Después de perder a Mellow y luego a Tabata, mi corazón hizo lo que muchos corazones hacen: cerrarse para protegerse.
“No vuelvo a amar así”, me dije.
“No vuelvo a pasar por este dolor”.
Pero el problema del corazón cerrado es que no solo bloquea el dolor… también bloquea la vida.
En medio del duelo, comencé a preguntarle a Dios si realmente era correcto volver a amar a otro perro. ¿Era traición? ¿Era egoísmo? ¿O era miedo?
La respuesta no llegó como una voz fuerte.
Llegó con patas pequeñas, ojos profundos y un nombre con significado eterno: Nala.
Nala significa un regalo, como el primer vaso de agua en el desierto.
Y eso fue exactamente lo que hizo: impidió que mi corazón se endureciera.
Adoptar no reemplaza.
Acompaña.
Sana.
Nos enseña que el amor no se divide, se multiplica.
La Biblia dice que el amor todo lo soporta, todo lo espera y todo lo cree (1 Corintios 13). Amar a un perro es practicar ese amor todos los días.
Si hoy estás luchando con el miedo de volver a amar después del duelo, solo quiero decirte esto:
No permitas que el dolor te impida volver a amar.
Dios aún tiene vida, propósito y amor esperando por ti…
y a veces, viene en forma de un perro buscando hogar.
Puedes ver el podcast aquí:
¿Estás lidiando con el dolor de perder a tu querida mascota? Este cuestionario puede guiarte:
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